UN HOMBRE DE FE///BAHÍA DE ÍTACA///ANTONIO REGALADO///Gracias a José María por su sabiduría y experiencia, por la dedicación y perseverancia en la fe, por su profundo amor a la comunidad, por su humildad, por su obediencia, por su trabajo con los más pobres de entre los pobres y por dar consuelo a los que sufren.
Un hombre de fe
Texto: Antonio REGALADO
Fotos: Santiago Gómez, Cirilo Madrid y A.R.
“Muchos son los llamados y pocos los escogidos” (Mateo, 22:14)
Parroquia S. Juan Bautista de la Concepción. Aluche, Madrid. Homilía XXV del Tiempo Ordinario. 22 de septiembre de 2024.
Bodas de Oro
En la introducción, el Padre Domingo Conesa recordó a los fieles que en esta Eucaristía se conmemoraba un hecho histórico: el 50 aniversario de la Ordenación Sacerdotal del Padre José María Ledesma Martín -(JML)- (Granada, 28 de Junio de 1974). Concelebraron 12 sacerdotes; 10 compañeros de la Orden Trinitaria, el Vicario episcopal y un sacerdote amigo.
En la Primera Lectura aprendimos que “el Señor sostiene mi vida” y en la Segunda (de la carta del Apóstol Santiago) resonó con fuerza que “donde hay envidia y rivalidad hay turbulencias y todo tipo de malas acciones. En cambio, la sabiduría que viene de lo alto es entrañable y además apacible y comprensiva”.
En el Santo Evangelio, (San Marcos 9-30-37) el oficiante se detuvo en el pasaje en el que el Jesús, llamó a los 12 en Cafarnaún y les dijo: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Un claro paralelismo con la trayectoria humana y de servicio de José María Ledesma durante toda su vida. Emotivo. Un amor desmedido a la Iglesia y a la gente. JML siempre ha sido fiel a sus principios y a sus orígenes. Es, por encima de todo, un hombre en el buen sentido de la palabra, bueno.
La luz del mediodía entraba por las tres claraboyas del techo iluminando todo el recinto. La alegría se palpaba en el ambiente mientras el oficiante encomendaba al “joven” Ledesma a Nuestra Señora del Buen Remedio y a San Juan Bautista de la Concepción.
En esta jornada especial, el Padre Conesa terminó su homilía con tres palabras cargadas de futuro y de esperanza: perdón, gracias y ayuda.
El coro parroquial, creado medio siglo atrás por nuestro protagonista, codirigido en la actualidad por Esperanza (guitarra) y por Jose (piano) intercaló magistralmente sus cánticos durante las distintas partes de la misa. Familiares del homenajeado leyeron las lecturas y la oración de los fieles, rezando unos por otros y pidiendo por las necesidades de todos.
La liturgia de la Eucaristía (núcleo de la celebración) fue, como siempre, una plegaria colectiva de acción de gracias. En la Consagración se hizo “memoria” de la última cena donde el pan y el vino se transforman en el cuerpo y la sangre de Jesús. Se pidió por el Papa, por los obispos, por los difuntos, por los enfermos y por todos nosotros.
El coro parroquial dibujó en el aire un Padre Nuestro especialmente cercano que terminó con besos, abrazos y apretones de manos por toda la Iglesia. “Paz en la Tierra y que el gozo reine en nuestros corazones”.
La comunión fue precedida de un acto de humildad individual y de fe colectiva. “Sí, estoy con vosotros; sí, estaré hasta el final, como el aire, como el mar, nuevamente os digo. Vamos a enseñar que podemos construir la humanidad sin fronteras ni colores, como el mar”.
La bendición del sacerdote y de los concelebrantes concluyó con el Himno de la Santísima Trinidad. “A Ti sea la alabanza, a Ti la gloria, a Ti la acción de gracias por los siglos de los siglos, oh Santísima Trinidad”.
El olor de la vendimia
En el verano de 1960, sesenta y cuatro chavales llenos de vocación religiosa llegamos a Alcázar de San Juan. Habíamos sido cooptados por los PP. Trinitarios. Muchos de ellos éramos monaguillos. Allí estaba José María Ledesma, grande, Antonio Berdión, muy grandote; Marcial Álvarez, de Mayalde, Serafín, de El Cubo, los primos leoneses Martínez, sobrinos del obispo trinitario de Madagascar. También vi en el andén a Mario, de Aldeadávila de la Ribera como Ledesma, con dos hermanos ya postulantes; Julián y Joselín.
De mi pueblo, Aldehuela de la Bóveda, acudimos Paco San Teodoro, el hijo del señor Daniel, el cartero y yo mismo. Mi padre siempre fue labrador de arado romano y de trillo con ‘chinas’ de Cantalejo. Debo confesar que ni entonces ni ahora tuve yo ni he tenido agallas para arañar la tierra.
Un año antes nos habían precedido en el Seminario de Alcázar, Agustín Tello y José Mari Montes, hijos de guardias civiles. Montes me enseñó a jugar allí al ajedrez. La mejor enseñanza del seminario fue que nunca estábamos ociosos. Aprendimos a no aburrirnos jamás. Los que pasamos por esa universidad de la juventud creo que hemos sido buenos ciudadanos y excelentes personas.
Los “embajadores trinitarios” en nuestra tierra, el antiguo reino de León, fueron el Padre Andrés Rodríguez y el Padre Antonio Moldón -un hombre bueno, recientemente fallecido-. Un abrazo eterno, Padre Antonio.
Los padres recorrieron en la famosa moto ROA cientos de kilómetros por los pueblos de León, Zamora y Salamanca para reclutar seminaristas.
A principios de septiembre, las dos docenas de futuros alumnos del oeste partimos de Salamanca a las tres de la tarde hacia Madrid, vía Ávila. Para muchos de nosotros era nuestro primer viaje fuera de la provincia. Las murallas, desde los raíles sobre el río Adaja, parecían tan lejanas como inexpugnables.
La máquina despedía carbonilla sin piedad. Así y todo, pasamos prácticamente el viaje mirando los paisajes por las ventanillas. En los grandes peñascales, abulenses se podía leer: “Caramelos Paco”.
Llegamos a Madrid pasadas las nueve de la noche. Y nos trasladamos hasta la Estación de Atocha. El tren a Andalucía salio con un ligero retraso, pasadas las once e hizo escala en Villacañas. ¡Villacañas, 3 minutos!, se oyó gritar al Jefe de estación, repetidamente, en el calor de la noche. Serían las dos y media de la madrugada cuando arribamos a la capital manchega del vino. En plena vendimia. Un olor irreconocible y embriagante para los que somos de tierra de avena, cebada y trigo candeal, se respiraba por todo el recorrido. Un cierto sabor a azufre.
Las maletas de madera, sin ruedas, pesaban como si trasportásemos acero. El cansancio nos obligaba a parar cada cinco minutos. Al final, todos llegamos al Seminario. En un largo corredor de casi 100 metros se distribuían, a un lado y otro, al menos sesenta camas. Al fondo, los cuartos de baño y los lavabos. Allí conocimos a otros alumnos de Toledo, Cuenca, Cáceres, Badajoz, Albacete y Madrid.
Al levantarnos, misa y luego, desayuno. En el salón de estudios, en forma de L, el padre director nos hizo una advertencia pertinente. “Hemos conseguido para ustedes una beca del Principio de Igualdad de Oportunidades (PIO) porque lo que pagan vuestros padres (100 pesetas al mes, no es suficiente), así es que hay que estudiar mucho y renovarla en junio para el curso siguiente”. Los que habíamos emigrado desde el pueblo no teníamos ninguna intención de volver a casa con las “orejas aguchás”. Perder la beca no era una opción.
El curso de Primero de Bachillerato, empezó a mediados de septiembre con un apretado calendario. Clases, mañana y tarde, estudio por la tarde noche, misa, rosario y refectorio. En el patio se podía jugar en los recreos a la pelota y al baloncesto. Los jueves y sábados, fútbol en el estadio del Alcázar. Jugar en el primer equipo era una distinción.
La disciplina y el respeto, dos normas que rigieron nuestras vidas durante cuatro años. La Academia Balmes nos permitió conocer el Baloncesto de altura con los hermanos Paniagua y el entrenador nacional años después, Díaz Miguel.
El cine de los domingos era la mayor aventura semanal. Vimos películas de Joselito, sí, pero también La Ley del Silencio con Marlon Brando y Karl Malden. Las caminatas hasta los molinos de Campo de Criptana terminaban siempre en una merienda con bocadillo de cabellos de ángel.
Los meses se sucedían con demasiada rapidez. Los 64 alumnos del curso mermaron considerablemente un año después. Íbamos creciendo en altura y sabiduría. La educación era excelente.
[Recuerdo especialmente que en 1961 los Trinitarios fletaron dos autobuses desde el Seminario de Alcázar de San Juan para conmemorar el 400 aniversario del nacimiento del Reformador en Valdepeñas y en Almodóvar del Campo. La urna con una estatua yacente había llegado de Roma camino de Córdoba donde aún permanece] Impresionante.
Fue un viaje increíble por las amplias llanuras de la Mancha, a la grupa de Don Quijote en Barataria o en Puerto Lápice.
Los tres años primeros pasaron deprisa, deprisa. Y en cuarto curso nos acogió el Santuario de Santa María de la Cabeza, en el corazón de Sierra Morena. Con su Parador siempre lleno de personalidades y mandamases de la época.
Allí degustamos por vez primera el sabor de la carne de ciervo. Inconfundible. La carretera desde Andújar con sus 365 curvas fue toda una experiencia de viajar en un bus con una baca repleta de maletas y provisiones.
Llegamos a tiempo ese año, septiembre del 63, de repoblar pinos en el Cabezo y ver construir las 14 estaciones del Vía Crucis al borde de las calzadas. En el invierno, cubierto por la nieve, había semanas de incomunicación. Pero nosotros seguíamos fieles al ideal trinitario, a los estudios y al fútbol. Dos terremotos sacudieron el dormitorio antes de llegar la primavera. Nos despertamos brincando de las camas como si hubiera sido un mal sueño. No pasó nada, Gracias a Dios.
El último domingo de abril presenciamos por vez primera la Gran Fiesta de la Romería de la Virgen. Una explosión de fe y de fervor rociero no conocidos en nuestras tierras castellanas y leonesas.
Llamados y elegidos
El curso del 64 quedó en mayo reducido a poco más de 10 seminaristas. Antequera esperaba a los escogidos. Inesperadamente, a media docena de alumnos se nos envió de vacaciones a casa. Extraño. Quince días después, recibimos una carta diciendo que no volviéramos. Ninguna explicación. Lo urgente era esperar las calificaciones del Bachillerato y presentarnos en los Institutos a la Reválida de cuarto.
La formación académica era tan grande que pudimos seguir, también con becas,el Bachillerato Superior,el Preu y la Universidad.
Nuestro grupo del curso 1960-61 era muy compacto. Más allá del dolor por abandonar el Seminario y la vocación -a mí me hubiera gustado ser misionero-, sigo sin estar de acuerdo en que los “llamados” tienden a ser pasivos y conformistas mientras que los “escogidos” son activos, obedientes a Dios, ayudan a otros, permanecen fuertes en los votos y enfrentan la vida confiando en Dios.
De aquella promoción del primer año de la década de los sesenta, de los 64 llamados solo se consagraron como sacerdotes trinitarios José María Ledesma y Gregorio Castaño.
Ser trinitario es un orgullo y, dentro o fuera, todos formamos parte de esta gran familia Es una filosofía de vida simple: ética, austeridad y servicio al prójimo. Ayudar, ayuda.
Hará quizá veinte años (en 2005, me precisa un compañero) fuimos congregados a una cena en la Casa de la Trinidad en Aluche. Fue precisamente Ledesma quien conectó conmigo y con otros ex alumnos de cursos posteriores.
Hemos realizado encuentros en Alcázar de San Juan con motivo del 50 aniversario de la Fundación del Seminario y en la Virgen de la Cabeza. Hemos repasado la gloriosa historia de la Orden Trinitaria, nos sentimos orgullosos del rescate de don Miguel de Cervantes y hemos vuelto a disfrutar de las berreas en Sierra Morena. Y a cantar el himno a la “Moreneta”. Hemos conocido a compañeros más jóvenes que sienten aún la ilusión trinitaria como el primer día: Santiago Gómez, Cirilo Madrid, Sebas Arrogante, Pedro Ampuero, Paco y José Bermejo.
Hoy, los antiguos alumnos trinitarios formamos una cadena humana que jamás se romperá porque nos une el mismo espíritu solidario que el fundador, San Juan de Mata, imprimió a la redención de cautivos en 1193. Pongamos que hablamos hoy de emigrantes.
Este es un resumen a vuelapluma de las vivencias que hemos compartido con José María Ledesma, compañero y sin embargo, amigo, durante 64 años. Los desayunos en la arrocería Aynaelda, en el madrileño barrio de Aluche nos han servido durante una década para discutir de casi todo y arreglar el mundo. Con dos polemistas fuertes como Santi y Cirilo, no era fácil el consenso. Las diferencias nunca afectaron a nuestra convivencia. El próximo día 17 intentaremos rememorar esta jornada con la perspectiva de apenas tres semanas.
Ser un “llamado” es un privilegio; ser un “escogido” es una merced divina. “Los llamados nos contentamos con recibir una bendición de vez en cuando; los escogidos son una bendición para todos los que les rodean”. Es la definición más acertada que he escuchado de estos dos términos.
En medios de esos espacios está el destino. Y el destino ha querido que este domingo 22 de septiembre gozáramos con el cariño del Padre Ledesma. Y de los muchos feligreses que le siguen. Es un ejemplo.
Gracias a José María por su sabiduría y experiencia, por la dedicación y perseverancia en la fe, por su profundo amor a la comunidad, por su humildad, por su obediencia, por su trabajo con los más pobres de entre los pobres y por dar consuelo a los que sufren.
Hemos compartido muchos momentos de dolor y de esperanza. Nos agarramos a la esperanza. Gracias por todo. Nosotros también te queremos.
Bendición papal
José María Ledesma, el hombre de Los Arribes, cerró el acto de sus Bodas de Oro sacerdotales que le brotaron del corazón. Estas fueron sus palabras:
“Buenos días: quisiera deciros unas palabras a pesar de mis limitaciones. Estoy muy contento y muy feliz no solo por los cincuenta años [de sacerdocio trinitario] si no por tanta gente que me queréis, que me habéis acompañado y por tantos bienes que se me han concedido.
Ha sido -ya sabéis- una carrera larga- y como se dice en el deporte, una carrera con obstáculos pero el Señor ha estado siempre conmigo y me ha acompañado; a pesar de los muchos problemas he ido saltándolos uno a uno. Estoy muy agradecido al Señor porque me sigue queriendo y me sigue amando; igual que a vosotros porque, además, somos hijos suyos, somos parte de Él. Os doy las gracias de todo corazón a todos los aquí presentes y especialmente a los que habéis venido de fuera.
Quiero dar también las gracias a todos aquellos que habéis compartido la vida conmigo y yo con vosotros. A todos, niños, jóvenes y ancianos que habéis colaborado conmigo en las funciones que se me han encomendado en la parroquia a través de la catequesis. También en atención a los mayores, a los enfermos, a los transeúntes, a los emigrantes con los que pasé unos cuántos años; después en las cárceles, [con los internos] a los que les dediqué veinticinco años. Esas experiencias me han enseñado mucho en la vida.
Por supuesto no puedo olvidarme de mi familia, empezando por mis padres. No sé si contarlo, nunca lo he dicho en público. Yo, desde pequeñito, sentí esa llamada de Dios. No es una tontería. Y, ahora, pienso que el mensaje lo recibí después de la Primera Comunión. Fue poco a poco y me daba vergüenza decirlo en casa. No se lo dije a nadie.
Un día se combinaron una serie de circunstancias y le dije a mi madre: “quiero ser sacerdote”. Mi madre se puso contenta, gloriosa, y me dijo: ¿Y por qué no lo has dicho antes?
-No lo sé-, le respondí. Y ella ya empezó a mover cosas y en menos de medio año estaba ya en el Seminario.
Desde entonces toda la gente me apoyó; no solamente mis padres, mis abuelos, mis tíos, los hermanos, -hemos sido seis-, los sobrinos, todos han estado a mi lado. Debo darle gracias al Señor. No ha sido un apoyo de decir, ¡vamos, adelante! No,no; han estado conmigo.
Además mis padres vivían el cristianismo. En aquella época en mi pueblo, por ejemplo -¡pues yo qué sé!- algunas personas pasaban hambre e iban por las casas pidiendo. Yo recuerdo que mi madre siempre que alguien llamaba, abría la puerta y siempre tenía algo para ellos.
Íbamos a la iglesia de chiquito, con mi abuelo, con mi padre, los sábados, los domingos, el día de San José… Todas esas cosas. Lo más importante es que mi madre lo vivía, mi padre lo vivía. Y de ahí lo viví yo. Y eso para mí fue vital. O como se dice ahora, fue viral. Descubrí la fe. Y me comprometí a responder al Señor.
Estoy muy contento y muy feliz. La Virgen María siempre ha estado conmigo desde entonces. Os invito aquí y ahora a que continuamente demos gracias, gracias, gracias y aleluya, aleluya, aleluya. ¡Gloria, gloria al Señor que nos quiere a rabiar! ¡Os quiero mucho!. Gracias”.
La “homilía” del Padre Ledesma debería haber sido el broche final a una ceremonia religiosa participativa con una iglesia llena de fieles. Pero no. El Padre Domingo Conesa anunció que había un regalo para el “misacantano” cincuenta años después. José María emocionado, recibió un regalo exclusivo: una felicitación personal del Santo Padre por la efeméride de las bodas de oro sacerdotales. Un "Diploma" del Papa Francisco. José María, solo pudo decir emocionado: Gracias y reiterar su agradecimiento.
Con la humildad que le caracteriza, cuando le felicito por el regalo llegado de Roma, me precisa: “Esto no es un título ni un reconocimiento ni una condecoración. Se suele llamar “Bendición papal”. Nada más. Nada menos. ¡Enhorabuena! La mereces.
En la capilla lateral, los amigos se agolpaban para la foto con el protagonista. Una foto para el recuerdo, en especial para los que empezamos la aventura trinitaria con él en septiembre de 1960. Y allí estábamos, otra vez, siempre cerca, los amigos trinitarios de Alcázar de San Juan y del Santuario de la Virgen de la Cabeza.
Todos los asistentes a la Misa fuimos invitados al convite. Sobrio y sabroso: tortilla española con y sin chorizo, jamón y queso manchego, empanada gallega, gambas, pinchos morunos, croquetas, vino, refrescos y muchos abrazos.Por un día, los “llamados” nos sentimos “escogidos”. Más allá del dolor -de eso lo sabe todo el Padre JML-, en este encuentro hemos reverdecido de paz mental el corazón, amparándonos en la sonrisa y en el buen humor; la música del coro parroquial nos reconcilió con el espíritu de la Trinidad, con el amor a nosotros mismos y a los demás, con la solidaridad, con los emigrantes, -casi todos somos emigrantes en Madrid-, y con la honradez, la ética, la austeridad, la humildad, la honestidad, la justicia y la libertad, virtudes tan trinitarias, tan nuestras.
Predicamos y practicamos la conversación, el mejor antioxidante contra la soledad. Entendimos que el mejor alimento saludable es un abrazo. No olvidaremos que esta XXV semana del tiempo ordinario nos colmó de bendiciones y en la oración siempre reafirmamos la fe.
La celebración de las Bodas de Oro sacerdotales del padre Ledesma nos ha confirmado que, sobre todo, es un hombre de fe y nos ha dejado esperando -la “Moreneta” nos asista- a las puertas del cielo.
Santi, Ledesma y Cirilo, mayo 2015
Antonio REGALADO RODRIGUEZ es periodista y dirige BAHÍA DE ÍTACA en: aregaladorodrigues.blogspot.com.















Comentarios
Querido amigo Antonio.
Este artículo homenaje a uno de los religiosos escogidos entre los muchos que fuimos llamados, sinceramente Antonio, es magistral. ¡Enhorabuena!
Has plasmado lo mejor de tí, empezando por una de las principales cualidades de un buen periodista, ser, ante todo, una buena persona. Además, tú artículo destila otras cualidades del buen periodista; Orgullo de tu profesión. Apasionado por la verdad, independiente.
Y en este relato de las Bodas de Oro sacerdotales de nuestro querido padre Ledesma, nos emocionas con la pulcra exposición con todo lujo de detalles.
Nos hablas de la ilusión trinitaria que mantenemos como el primer día y de la cadena humana que los antiguos alumnos Trinitarios formamos y que jamás se romperá por la unión con el espíritu solidario del fundador.
Está efeméride de las bodas de oro sacerdotales nos ha llevado al recuerdo de aquellos años juveniles en los que nos unía un proyecto común. Juntos compartíamos nuestras alegrías y nuestras penas en la capilla, en las clases, en el refectorio. También en los espacios de ocio, jugando al fútbol, paseos paseos por los sendas y veredas de la sierra bendita de Sierra Morena. Al baloncesto, al frontón, al fútbol, paseos a los molinos en Alcázar, etc.
En definitiva, esta efeméride y tu soberbio artículo, nos refuerza la pertenencia a Familia Trinitaria aumentando la unión entre los religiosos y los laicos fortaleciendo la misión trinitaria ¡Gloria a la Trinidad y a los cautivos Libertad!
Un fuerte abrazo Trinitario